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martes, 3 de mayo de 2011

LA NOCHE - Eduardo Galeano

LA NOCHE / 1
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

LA NOCHE / 2
Arránqueme, Señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desnúdeme.


LA NOCHE / 3
Yo me duermo a la orilla de una mujer: yo me duermo a la orilla de un abismo.

LA NOCHE / 4
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.

domingo, 25 de julio de 2010

"Meter el diablo en el infierno" - Giovanni Bocaccio


Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado. La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién la enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:
-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.
Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.
Y probando primero con ciertas preguntas, que no había nunca conocido a hombre averiguó y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:
-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer.
Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:
-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?
-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarle.
Entonces dijo la joven:
-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.
Dijo Rústico:
-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.
Dijo Alibech:
-¿El qué?
Rústico le dijo:
-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.
La joven, de buena fe, repuso:
-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.
Dijo entonces Rústico:
-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.
Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.
La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:
-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.
Dijo Rústico:
-Hija, no sucederá siempre así.
Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo.
Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:
-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.
Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:
-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.
Haciendo lo cual, decía alguna vez:
-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.
Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:
-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.
Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:
-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.
Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio.
Las mujeres preguntaron:
-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?
La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:
-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.
Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.




lunes, 10 de agosto de 2009

EL TIEMPO PASA-Mario Benedetti


-¿Alguna vez hiciste eso? -preguntó Gloria con una sonrisa tan espontánea que Sebastián, a sus quince recién cumplidos, sintió que le temblaban las orejas.

-No. Nunca.

Hacía tantos años de ese diálogo, pero Seba no ol­vidaría jamás su continuación.

Gloria era, como su nombre (falso, por supuesto) lo indica, la puta más gloriosa de la calle Finisterre, pero su gran atractivo estribaba en que no tenía as­pecto de ramera, ni se vestía como tal, ni se movía como tal. Era tan sólo una veinteañera sencillamente hermosa, que atraía a los hombres con prolija hones­tidad, informándoles desde el vamos que no tenía vocación de amor único.

-¿Querés inaugurarte conmigo?

-Si usted lo permite.

Ante aquel inesperado tratamiento respetuoso, Glo­ria estalló en una franca carcajada, que por fin logró quebrar la timidez de Sebastián. Así, con el mejor de los humores, ambos penetraron casi corriendo en el bosquecito de los sauces orilleros.

Cuando Gloria halló el sitio que le pareció ade­cuado y protegido de curiosos y viejos verdes, atrajo con suavidad a Seba, le desabrochó lentamente el short, hizo que él la desnudara a medias, y de inme­diato dio comienzo al curso preparatorio que culminó en un coito, tan elemental y tan tierno, que Seba estuvo a punto de llorar. De alegría, claro.

A pesar de su inocencia, Seba tuvo la precaución de no comunicar su ficha (apellido, domicilio, fami­lia, etcétera). Después de todo, sabía que ésas eran las reglas del juego.

El curso completo incluyó cinco clases, al cabo de las cuales Seba obtuvo de su ufana y generosa amiga el certificado de candida destreza, y si el adiestra­miento no se prolongó fue porque el padre de Seba, un tal Basilio Aceves, viudo prematuro, decidió cambiar de casa, debido a que la actual contenía de­masiados recuerdos y añoranzas de su mujer, falleci­da muy joven en un absurdo accidente de carretera. Basilio exageró el deseo de alejamiento y encontró una linda casita con jardín en el otro extremo de la ciudad.

Para despedirse cumplidamente de Gloria, Seba tuvo que esperar, a la hora del crepúsculo, a que ella volviera de atender a un cliente exigente, avaro y re­miso. Lo cierto es que fue un adiós sobrio, pero con una buena dosis de sentimiento y gratitud.

Durante un par de años Sebastián mantuvo aquel estreno en el ordenado desván de su memoria. Sabía que algún día le sería útil en el desarrollo de su carre­ra amatoria.

En el nuevo barrio, Seba, comunicativo y bien hu­morado, hizo amistades de ambos sexos. Ya en épo­ca universitaria, su entrenada malicia le llevó a dejar varias novias en el camino. El padre no hacía pre­guntas; a lo sumo algún comentario irónico, que Seba recibía como una muestra de compañerismo, algo así como un intercambio entre muchachos. La viudez de Basilio y la orfandad de Sebastián los ha­bían acercado, aunque rara vez mencionaran el nom­bre de la ausente.

El día en que Sebastián cumplió veintitrés años, Basilio le pidió que cenara en casa. «Te reservo una sorpresa. Ya verás.»

A medida que avanzaba la tarde, Basilio se fue po­niendo alegremente tenso. Había encargado la cena conmemorativa en un restorán de cinco tenedores. Con un gesto de paternal condescendencia, sirvió dos whiskies, y a mediados del segundo la frase sonó como un disparo: «Sebastián, me caso».

Seba se levantó y, sin decir palabra, lo abrazó. A Basilio le brillaron los ojos. «Me hace feliz que te parezca bien. De todas maneras, podes estar seguro de que la imagen de tu madre permanecerá intacta entre nosotros. Pese a mis cuarenta y pico, ya era muy duro permanecer sin amor, sin un cuerpo en la cama. ¿Lo entendés, verdad?»

-Sí, claro.

A las ocho sonó el timbre y un Basilio exultante se puso de pie. «Seguramente es ella. Quise aprovechar tu cumpleaños para que se conocieran.»

Seba escuchó que se abría la puerta de calle. Diez minutos después entró el padre con una mujer to­davía joven y atractiva, que examinó a Sebastián con una mirada que mezclaba el encanto con la tur­bación.

«Bueno, bueno», dijo Basilio. «Ha llegado el mo­mento crucial de las presentaciones. Este es Sebas­tián, mi único hijo. Y ésta es Carmela, mi futura.»

Como culminación de aquel trance épico, Basilio no pudo contener una carcajada nerviosa.

Pero Sebastián sabía (y ella también) que esta Carmela no era Carmela, sino la cautivante Gloria de sus quince abriles.

sábado, 18 de julio de 2009

"Mar, pescador y Niña"-Kelly Shagón


María Luisa era una quinceañera de ojos negros vivaces.

Esa tarde conocería el mar. Su regalo.

Bajó del auto despacio, extasiada ante tamaña belleza.

Subyugada por el olor y los sonidos de las olas, caminó despacio hacia el mar. Alguna vez escuchó también “la mar”. Eso se convirtió en un interrogante por el cual se avergonzaba.

¿Cómo se dirá pensaba? Ella estaba con su familia y su prima que siempre la corregía.

Se alejó del grupo y la pregunta le palpitaba en su alma adolescente. Como una flecha corrió hacia un pescador con su barca derruida de tantos viajes.

Lo vio humilde, sencillo, desarropado, ausente.

Mientras faenaba a la orilla ¿De El Mar o de La Mar? Su duda saltó nuevamente como una langosta hambrienta.

- Señor, discúlpeme que lo moleste, ¿Cómo se dice, La Mar o El Mar?

Él levantó los ojos despacio y contestó:

_Cierra los ojos niña y escucha el sonido que provoca, respira profundo.

Ella, sorprendida, accedió. Escuchó al mar como una serenata de bienvenida, respiró profundo y descubrió el olor de las sirenas.

Antes de abrir los ojos, escuchó decir al pescador:

-Es La Mar pequeña. La comparo con una mujer, compañera bella, y si tengo suerte, será mi tumba.


martes, 31 de marzo de 2009

Un mar de fueguitos


Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. —El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.


lunes, 9 de febrero de 2009

Decálogo del perfecto cuentista-Horacio Quiroga

I - Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II - Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III - Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV - Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V - No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI - Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla.
Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII - No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII - Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX - No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X - No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

viernes, 28 de noviembre de 2008

"El puñal" de J.L. Borges

En un cajón hay un puñal.
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal.
Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.


domingo, 23 de noviembre de 2008

"De la Fantasía" de María Luisa Mazzola


Demasiado frío para un amanecer de septiembre. La bruma cubre el bañado con su lúgubre manto de apelmazada mortaja. Así debe ser la Muerte, agazapada, blanca, helada y final.


Hace ya más de tres horas que el cazador espera su presa. En el exacto momento en que el primer rayo de sol se filtra entre los matorrales, comprueba su rifle por última vez. Un arma bien dispuesta, se dice a sí mismo, austera y eficaz, certera en sus manos.


Por fin escucha la razón de su vigilia: el ancestral sonido de la vida. Se prepara. Apunta. Dispara. Y espera.


Un instante eterno. Después, el chapoteo en la ribera seguro ensangrentada. Gemidos, agónicos gemidos de la bestia sin futuro. Todo indica el final de su jornada. Se muere el último unicornio.


Su asta legendaria es ahora un pisapapeles sobre el escritorio de la hija literata del cazador. Ella escribe un ensayo sobre el fin de la fantasía.