Y cuando digo hombres entiéndase humanidad toda, incluidas las mujeres, humanas al fin, aunque algunos masculinos (genéricamente hablando, claro está) todavía no lo asuman, ya que la ciencia, preocupada por otros menesteres más loables (tales como clonar ovejas), continúa sin manifestarse ni a favor ni en contra, aduciendo la ya consabida y célebre frase: “¿Quién entiende a las mujeres?”.
Pero me he desviado de la cuestión…(cuestión, cuestión… que palabrita tan inasible, tanto como la mismísima “cosa”, ¿qué cosa, no?... cosa sirve para tantas cosas, que hasta yo soy, he sido y seré una cosa… a pesar mío, pero… y no hay nada más terrible que ser una cosa, o ser una cuestión que es casi lo mismo)... Otra vez me fui, pero qué bueno que puedo volver al camino. Al BUEN CAMINO, porque no es cuestión -o cosa- de tomar por el malo, (camino, se entiende) sobre todo cuando una empieza a discursear (discursear, ¿no es una palabra con aroma?...)
Decía…, a discursear sobre la importancia de portarse bien, o de por lo menos intentarlo, a pesar de nuestros propios deseos, a pesar de nuestras más impronunciables pulsiones, a pesar de nuestras más acuciantes necesidades…
Y es entonces cuando cometemos el más terrible atentado contra nuestra lucidez: traicionarnos. Sí, traicionarnos, a nosotros mismos, (valga la redundancia). Si fuera creyente diría que es el más terrible de los pecados que podemos cometer.
Más triste aún, esta traición no viene acompañada (como cualquier buena traición que se precie) del ancestral y subrepticio placer nacido de nuestra condición inevitablemente humana: disfrutar del dolor ajeno. Y eso mientras ponemos nuestra más compungida faz de buen samaritano, condolidos del sufrimiento del otro, ese otro que mañana, tal vez, podríamos ser nosotros, oh, qué pena, qué sensación de tierna angustia, qué regocijo… de última, qué goce, qué perverso y humano goce… Pero eso no se le hace a quien te quiere ni tampoco a quien no te quiere, según lo manda la santa palabra mientras bendice las picanas. Ya… Y otra vez, me fui por las nubes de Úbeda (¿se acuerdan de las nubes de Úbeda?). Yo me acuerdo… claro, hablaba de traiciones…



