Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
Un espacio para compartir literatura propia y ajena. Un rincón donde encontrarnos y buscar lo que gusta, emociona o, por qué no, decepciona. Un sitio pensado para conectarnos con las musas que nos habitan.
Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
Ésa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas a trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima.
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo.
Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirías la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,
no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio:
sepúltala en tu pecho hasta el final,
hasta la empuñadura.
Son tus aromas los que me rodean,
y me emula tu diáfana presencia
sosteniéndome tu callado amor.
Olores de panes y fragancias ,
de flores y verdes silenciosos,
como el llanto que te acompaña sutil y aguerrido.
Con tus íntimos dolores no me pesas,
pero me enredas, porque no quieres que te vea.
De alma y esperanza son tus templados mensajes,
y en ese trepidar de enredaderas,
son dulces las mieles que me ofreces.
Madre !…, porque no fue casual el descubrirnos,
porque no necesitamos hallar la causa del encuentro,
ya está inscripto en la historia nuestro lazo
como harinas y panes, como espigas y trigos.
Pareciéndome un sujeto dividido
le presentí su angustia allá lejana,
era el individuo en discurso liberado
defendiendo un modelo, casi humano...
Y sin forzarme a la pregunta interrogaba
y sin negarme a las respuestas le aprendía,
que teniendo él, las angustias disociadas
y a la homilía hallarse sometido,
su flotante angustia le impedía
atreverse a emigrar de su si mismo.

Habré perdido la dignidad,
el día en que no decida luchar por mi vida.
y solo ese día… la habré perdido.