jueves, 17 de septiembre de 2009

"Antes del comienzo" Octavio Paz


Ruidos confusos, claridad incierta.
Otro día comienza.
Es un cuarto en penumbra
y dos cuerpos tendidos.
En mi frente me pierdo
por un llano sin nadie.
Ya las horas afilan sus navajas.
Pero a mi lado tú respiras;
entrañable y remota
fluyes y no te mueves.
Inaccesible si te pienso,
con los ojos te palpo,
te miro con las manos.
Los sueños nos separan
y la sangre nos junta:
somos un río de latidos.
Bajo tus párpados madura
la semilla del sol.
El mundo
no es real todavía,
el tiempo duda:
sólo es cierto
el calor de tu piel.
En tu respiración escucho
la marea del ser,
la sílaba olvidada del comienzo.

domingo, 6 de septiembre de 2009

"Mentires"-María Luisa Mazzola


"Ayúdame a mirar"
Eduardo Galeano


"Regálame unos ojos como labios, dijo el Cíclope después de Ulises. Pero ya Galatea, la lasciva, acariciaba un pastor con sus labios como alas."
Así iniciaba uno de los catorce sueños del viejo Homero. En los Elíseos, él me lo contó en un aliento apenas, a escondidas de los antiguos vates. Susurrándome con sus ojos de no ver, me lo contó.
Pero yo, que había abandonado los suplicios del Averno dejando como tributo mi conciencia, me apropié de su sueño, lo vestí de luz y sombra, y ahora se lo miento al converso en el oído. Él cree que será su "Polifemo" y me piensa suya. Ingenua pretensión de tantos otros.
Algunos me llaman Musa.
Yo me digo traidora.

lunes, 24 de agosto de 2009

"Ahora me llevan a mí"-Bertolt Brecht


Primero se llevaron a los comunistas
pero a mi no me importó porque yo no era.
En seguida se llevaron a unos obreros

pero a mí no me importó porque yo tampoco era.
Después detuvieron a los sindicalistas

pero a mi no me importó porque yo no soy sindicalista.
Luego apresaron a unos curas

pero como yo no soy religioso tampoco me importó.
Ahora me llevan a mí

pero ya es tarde.


"Celebración de la amistad"-Eduardo Galeano



En los suburbios de La Habana, llaman al amigo mi tierra o mi sangre.


En Caracas, el amigo es mi pana o mi llave: pana, por panadería, la fuente del buen pan para las hambres del alma; y llave por...


-Llave, por llave -me dice Mario Benedetti.


Y me cuenta que cuando vivía en Buenos Aires, en los tiempos del terror, él llevaba cinco llaves ajenas en su llavero: cinco llaves, de cinco casas, de cinco amigos: las llaves que lo salvaron.



domingo, 23 de agosto de 2009

"Centímetros"-Graciela Ferreyra de García



Crecía de mis raíces nevadas

un centímetro al mes

se introducía en un hueco de mi piel

un centímetro al mes.


Destejía mi vestido rojo

un centímetro al mes

caía como madura fruta en mi boca

un centímetro al mes.


Impregnaba en mi cuerpo su aroma a junquillo

un centímetro al mes

usaba sus muslos para desenroscarme

un centímetro al mes.


Bebía mis arterias

un centímetro al mes

masticaba mi corazón

un centímetro al mes.


Mi mente se atrofió

un centímetro al mes

quedé presa en sus pestañas

un centímetro al mes.


Esperé su regreso en cornisas de insomnio

un centímetro al mes

y morí de pasión

un centímetro al mes.

Poema.Alejandra Pizarnick


Carente de sol
ha emigrado la infancia.
Lloran las palabras no violadas
y como grandes flores
se encabritan ante la dolorosa estrella.

Baila, alma,
desprende de tu cabellera asustada
los dientes del viento
y baila.

De espaldas al mundo,
baila, alma,
y brama, alma,
hasta que te estalle la piel,
hasta que te encadenen la voz,
hasta que te escupan la esperanza.

Baila, alma.
Has nacido.

lunes, 10 de agosto de 2009

De las sombras surge la luz... De la pena, nuevamente, yo...


Hoy volví, por el tiempo en que tarda una lágrima en caer, a recordarte. Y entonces, igual que entonces, igual que siempre, hasta el final, te digo... Como un payaso que grita ALEGRÍA, un estupendo grito de tristeza loca... ALEGRÍA, ALEGRÍA, TU ALEGRÍA como un asalto al dolor... Hasta que nos volvamos a ver te extraño, y a cambio de los besos que te adeudo, mis lágrimas, pero de ALEGRÍA...

EL TIEMPO PASA-Mario Benedetti


-¿Alguna vez hiciste eso? -preguntó Gloria con una sonrisa tan espontánea que Sebastián, a sus quince recién cumplidos, sintió que le temblaban las orejas.

-No. Nunca.

Hacía tantos años de ese diálogo, pero Seba no ol­vidaría jamás su continuación.

Gloria era, como su nombre (falso, por supuesto) lo indica, la puta más gloriosa de la calle Finisterre, pero su gran atractivo estribaba en que no tenía as­pecto de ramera, ni se vestía como tal, ni se movía como tal. Era tan sólo una veinteañera sencillamente hermosa, que atraía a los hombres con prolija hones­tidad, informándoles desde el vamos que no tenía vocación de amor único.

-¿Querés inaugurarte conmigo?

-Si usted lo permite.

Ante aquel inesperado tratamiento respetuoso, Glo­ria estalló en una franca carcajada, que por fin logró quebrar la timidez de Sebastián. Así, con el mejor de los humores, ambos penetraron casi corriendo en el bosquecito de los sauces orilleros.

Cuando Gloria halló el sitio que le pareció ade­cuado y protegido de curiosos y viejos verdes, atrajo con suavidad a Seba, le desabrochó lentamente el short, hizo que él la desnudara a medias, y de inme­diato dio comienzo al curso preparatorio que culminó en un coito, tan elemental y tan tierno, que Seba estuvo a punto de llorar. De alegría, claro.

A pesar de su inocencia, Seba tuvo la precaución de no comunicar su ficha (apellido, domicilio, fami­lia, etcétera). Después de todo, sabía que ésas eran las reglas del juego.

El curso completo incluyó cinco clases, al cabo de las cuales Seba obtuvo de su ufana y generosa amiga el certificado de candida destreza, y si el adiestra­miento no se prolongó fue porque el padre de Seba, un tal Basilio Aceves, viudo prematuro, decidió cambiar de casa, debido a que la actual contenía de­masiados recuerdos y añoranzas de su mujer, falleci­da muy joven en un absurdo accidente de carretera. Basilio exageró el deseo de alejamiento y encontró una linda casita con jardín en el otro extremo de la ciudad.

Para despedirse cumplidamente de Gloria, Seba tuvo que esperar, a la hora del crepúsculo, a que ella volviera de atender a un cliente exigente, avaro y re­miso. Lo cierto es que fue un adiós sobrio, pero con una buena dosis de sentimiento y gratitud.

Durante un par de años Sebastián mantuvo aquel estreno en el ordenado desván de su memoria. Sabía que algún día le sería útil en el desarrollo de su carre­ra amatoria.

En el nuevo barrio, Seba, comunicativo y bien hu­morado, hizo amistades de ambos sexos. Ya en épo­ca universitaria, su entrenada malicia le llevó a dejar varias novias en el camino. El padre no hacía pre­guntas; a lo sumo algún comentario irónico, que Seba recibía como una muestra de compañerismo, algo así como un intercambio entre muchachos. La viudez de Basilio y la orfandad de Sebastián los ha­bían acercado, aunque rara vez mencionaran el nom­bre de la ausente.

El día en que Sebastián cumplió veintitrés años, Basilio le pidió que cenara en casa. «Te reservo una sorpresa. Ya verás.»

A medida que avanzaba la tarde, Basilio se fue po­niendo alegremente tenso. Había encargado la cena conmemorativa en un restorán de cinco tenedores. Con un gesto de paternal condescendencia, sirvió dos whiskies, y a mediados del segundo la frase sonó como un disparo: «Sebastián, me caso».

Seba se levantó y, sin decir palabra, lo abrazó. A Basilio le brillaron los ojos. «Me hace feliz que te parezca bien. De todas maneras, podes estar seguro de que la imagen de tu madre permanecerá intacta entre nosotros. Pese a mis cuarenta y pico, ya era muy duro permanecer sin amor, sin un cuerpo en la cama. ¿Lo entendés, verdad?»

-Sí, claro.

A las ocho sonó el timbre y un Basilio exultante se puso de pie. «Seguramente es ella. Quise aprovechar tu cumpleaños para que se conocieran.»

Seba escuchó que se abría la puerta de calle. Diez minutos después entró el padre con una mujer to­davía joven y atractiva, que examinó a Sebastián con una mirada que mezclaba el encanto con la tur­bación.

«Bueno, bueno», dijo Basilio. «Ha llegado el mo­mento crucial de las presentaciones. Este es Sebas­tián, mi único hijo. Y ésta es Carmela, mi futura.»

Como culminación de aquel trance épico, Basilio no pudo contener una carcajada nerviosa.

Pero Sebastián sabía (y ella también) que esta Carmela no era Carmela, sino la cautivante Gloria de sus quince abriles.