domingo, 23 de agosto de 2009

Poema.Alejandra Pizarnick


Carente de sol
ha emigrado la infancia.
Lloran las palabras no violadas
y como grandes flores
se encabritan ante la dolorosa estrella.

Baila, alma,
desprende de tu cabellera asustada
los dientes del viento
y baila.

De espaldas al mundo,
baila, alma,
y brama, alma,
hasta que te estalle la piel,
hasta que te encadenen la voz,
hasta que te escupan la esperanza.

Baila, alma.
Has nacido.

lunes, 10 de agosto de 2009

De las sombras surge la luz... De la pena, nuevamente, yo...


Hoy volví, por el tiempo en que tarda una lágrima en caer, a recordarte. Y entonces, igual que entonces, igual que siempre, hasta el final, te digo... Como un payaso que grita ALEGRÍA, un estupendo grito de tristeza loca... ALEGRÍA, ALEGRÍA, TU ALEGRÍA como un asalto al dolor... Hasta que nos volvamos a ver te extraño, y a cambio de los besos que te adeudo, mis lágrimas, pero de ALEGRÍA...

EL TIEMPO PASA-Mario Benedetti


-¿Alguna vez hiciste eso? -preguntó Gloria con una sonrisa tan espontánea que Sebastián, a sus quince recién cumplidos, sintió que le temblaban las orejas.

-No. Nunca.

Hacía tantos años de ese diálogo, pero Seba no ol­vidaría jamás su continuación.

Gloria era, como su nombre (falso, por supuesto) lo indica, la puta más gloriosa de la calle Finisterre, pero su gran atractivo estribaba en que no tenía as­pecto de ramera, ni se vestía como tal, ni se movía como tal. Era tan sólo una veinteañera sencillamente hermosa, que atraía a los hombres con prolija hones­tidad, informándoles desde el vamos que no tenía vocación de amor único.

-¿Querés inaugurarte conmigo?

-Si usted lo permite.

Ante aquel inesperado tratamiento respetuoso, Glo­ria estalló en una franca carcajada, que por fin logró quebrar la timidez de Sebastián. Así, con el mejor de los humores, ambos penetraron casi corriendo en el bosquecito de los sauces orilleros.

Cuando Gloria halló el sitio que le pareció ade­cuado y protegido de curiosos y viejos verdes, atrajo con suavidad a Seba, le desabrochó lentamente el short, hizo que él la desnudara a medias, y de inme­diato dio comienzo al curso preparatorio que culminó en un coito, tan elemental y tan tierno, que Seba estuvo a punto de llorar. De alegría, claro.

A pesar de su inocencia, Seba tuvo la precaución de no comunicar su ficha (apellido, domicilio, fami­lia, etcétera). Después de todo, sabía que ésas eran las reglas del juego.

El curso completo incluyó cinco clases, al cabo de las cuales Seba obtuvo de su ufana y generosa amiga el certificado de candida destreza, y si el adiestra­miento no se prolongó fue porque el padre de Seba, un tal Basilio Aceves, viudo prematuro, decidió cambiar de casa, debido a que la actual contenía de­masiados recuerdos y añoranzas de su mujer, falleci­da muy joven en un absurdo accidente de carretera. Basilio exageró el deseo de alejamiento y encontró una linda casita con jardín en el otro extremo de la ciudad.

Para despedirse cumplidamente de Gloria, Seba tuvo que esperar, a la hora del crepúsculo, a que ella volviera de atender a un cliente exigente, avaro y re­miso. Lo cierto es que fue un adiós sobrio, pero con una buena dosis de sentimiento y gratitud.

Durante un par de años Sebastián mantuvo aquel estreno en el ordenado desván de su memoria. Sabía que algún día le sería útil en el desarrollo de su carre­ra amatoria.

En el nuevo barrio, Seba, comunicativo y bien hu­morado, hizo amistades de ambos sexos. Ya en épo­ca universitaria, su entrenada malicia le llevó a dejar varias novias en el camino. El padre no hacía pre­guntas; a lo sumo algún comentario irónico, que Seba recibía como una muestra de compañerismo, algo así como un intercambio entre muchachos. La viudez de Basilio y la orfandad de Sebastián los ha­bían acercado, aunque rara vez mencionaran el nom­bre de la ausente.

El día en que Sebastián cumplió veintitrés años, Basilio le pidió que cenara en casa. «Te reservo una sorpresa. Ya verás.»

A medida que avanzaba la tarde, Basilio se fue po­niendo alegremente tenso. Había encargado la cena conmemorativa en un restorán de cinco tenedores. Con un gesto de paternal condescendencia, sirvió dos whiskies, y a mediados del segundo la frase sonó como un disparo: «Sebastián, me caso».

Seba se levantó y, sin decir palabra, lo abrazó. A Basilio le brillaron los ojos. «Me hace feliz que te parezca bien. De todas maneras, podes estar seguro de que la imagen de tu madre permanecerá intacta entre nosotros. Pese a mis cuarenta y pico, ya era muy duro permanecer sin amor, sin un cuerpo en la cama. ¿Lo entendés, verdad?»

-Sí, claro.

A las ocho sonó el timbre y un Basilio exultante se puso de pie. «Seguramente es ella. Quise aprovechar tu cumpleaños para que se conocieran.»

Seba escuchó que se abría la puerta de calle. Diez minutos después entró el padre con una mujer to­davía joven y atractiva, que examinó a Sebastián con una mirada que mezclaba el encanto con la tur­bación.

«Bueno, bueno», dijo Basilio. «Ha llegado el mo­mento crucial de las presentaciones. Este es Sebas­tián, mi único hijo. Y ésta es Carmela, mi futura.»

Como culminación de aquel trance épico, Basilio no pudo contener una carcajada nerviosa.

Pero Sebastián sabía (y ella también) que esta Carmela no era Carmela, sino la cautivante Gloria de sus quince abriles.

sábado, 18 de julio de 2009

"Mar, pescador y Niña"-Kelly Shagón


María Luisa era una quinceañera de ojos negros vivaces.

Esa tarde conocería el mar. Su regalo.

Bajó del auto despacio, extasiada ante tamaña belleza.

Subyugada por el olor y los sonidos de las olas, caminó despacio hacia el mar. Alguna vez escuchó también “la mar”. Eso se convirtió en un interrogante por el cual se avergonzaba.

¿Cómo se dirá pensaba? Ella estaba con su familia y su prima que siempre la corregía.

Se alejó del grupo y la pregunta le palpitaba en su alma adolescente. Como una flecha corrió hacia un pescador con su barca derruida de tantos viajes.

Lo vio humilde, sencillo, desarropado, ausente.

Mientras faenaba a la orilla ¿De El Mar o de La Mar? Su duda saltó nuevamente como una langosta hambrienta.

- Señor, discúlpeme que lo moleste, ¿Cómo se dice, La Mar o El Mar?

Él levantó los ojos despacio y contestó:

_Cierra los ojos niña y escucha el sonido que provoca, respira profundo.

Ella, sorprendida, accedió. Escuchó al mar como una serenata de bienvenida, respiró profundo y descubrió el olor de las sirenas.

Antes de abrir los ojos, escuchó decir al pescador:

-Es La Mar pequeña. La comparo con una mujer, compañera bella, y si tengo suerte, será mi tumba.


miércoles, 15 de julio de 2009

"No me olvides"-Graciela Ferreyra de García


Inclina tu corazón sin censura

he muerto sin miedos

no me olvides.

Tengo paz en mis rodillas

no me dejes sin agua

soy melancólica

sufro de madura edad

indiferente al látigo

me resbalo en pisos que brillan

me quiebran las corrientes

no me dejes sin pan

no me olvides.

Enjaulada de recuerdos

he muerto sin pensamientos inmorales

embellecida de tristezas

distraída de murmullos

encadenada de emociones

mi alma dócil te ruega que no me olvides.