
En la más ciega oscuridad tus manos
son alas que a volar me incitan:
el cuerpo se hace leve: deja en tierra
el infinito peso de la carne, pero eleva
la luz que late en ascuas sobre el pecho.
Y desde el sexo al punto misterioso
en el que cielo y tierra se hacen uno
cruza la luz. Ya siento
mi cuerpo en otra parte: somos nada
fundida. Somos todo. Somos carne
que se transmuta en luz: pura energía.
Libélulas transitan por tu cuerpo;
mares azules
hacia el alba derraman
satines de oleaje.
Somos pura energía que abandona
la mitad inconclusa
donde el deseo es ansia de infinito
para ser -un instante-
la plenitud del gozo.