
La vieja rancia
no murió de enfermedad visible.
La madre nodriza
derramó su sangre
por los océanos y las cumbres.
La santa insana
tenía la peste definida del amor.
La sierva rebelde
clamaba por desatar las cadenas de agua
y escuchar su nombre
en la melodías de los rumiantes.
La vieja padecía
de una espina insertada en sus oídos
y no oyó.
A la madre no la llamaron
mientras la sierva siempre esperaba
y la rebelde no se moría.
La loca canta
a la imagen tallada de sus críos
despegada de los santuarios
con un chaleco enredado de lágrimas
y los labios abiertos
para responder al grito.